Curiosamente, escribo este post desde Barcelona. En los últimos tres días me han llegado presentaciones en powerpoint y pdfs con llamadas al boicot de productos catalanes para hacer llegar el mensaje a los políticos responsables del estatuto, ese engendro políticamente tan rentable que a la mayoría de los catalanes les importa un pimiento y que está poniendo patas arriba el panorama político español. Yo lo siento, pero me planto aquí. No haré boicot. Ni volveré a hablar del estatuto. Los mensajes a los políticos hay que darlos cada cuatro años, y si no nos gusta el rumbo que han tomado las cosas en el tema territorial hay que demostrarlo no votando a los partidos que han promovido esta inmensa payasada. Punto. Me consta que la clase empresarial catalana ya está en contra de esto, por mucho que no rompan esa inaudita unanimidad pública que se vive en Cataluña y reduce la sinceridad a los cenáculos. Los boicots son para situaciones extremas y para dar mensajes a grandes colectivos. Creo que el único colectivo que merece mensajes de este tipo es el de políticos oportunistas. Y ese boicot se hace en las urnas.
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