El otro día hablaba de aburrimiento (resumiendo: me aburro como una ostra), y tengo que seguir mi discurso con el tema de los condicionantes, la autocensura y las motivaciones que me han llevado a escribir estos casi 10 años en la Red. Si te atreves a leer hasta el final -héroe de ti- te pido que dejes un comentario y te debo una caña por tu opinión (lindezas como “eres gilipollas” no serán contadas como opinión, pero gracias de todas formas).
El caso es que tras casi 10 años escribiendo, no digo todo lo que quiero. ¿Condicionantes? Tengo un trabajo: puedo ofender a clientes, proveedores, trabajadores, jefes y subordinados de forma totalmente involuntaria por cualquier cosa que diga; y lo que es peor, que las saquen de contexto (y sí, ya me ha pasado). Tengo una cierta reputación en la Red (ni buena ni mala, simplemente reputación): dirigí una publicación que en buena medida me ayudó a encarrilar mi vida profesional; desde dicha publicación me enfrenté siempre al poder y a la Internet oficial (de hecho, se me identificaba con posiciones de izquierda por ello, de ahí la mayúscula sorpresa de muchos al verme firmar en LibertadDigital). Tengo amigos, conocidos y enemigos: lo de los amigos y conocidos no debería ser un problema, pero lo es; lo de los enemigos es evidente, y para muestra este blog que puso en marcha un conocido editor digital hace años con críticas directas y anónimas hacia mi y otros periodistas digitales.
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